La idea del progreso, nacida del racionalismo del siglo XVII, nos acostumbró a la ilusión de que marchábamos hacia un mundo cada vez mejor y más grande: el afamado better and bigger.
Esta doctrina surgió de una ingenua generalización: el hombre estaba subyugado por el incesante perfeccionamiento de la ciencia y de la técnica, e imaginó entonces que en todos los órdenes del espíritu debía suceder lo mismo. Pero si es fácil probar que una locomotora es más eficaz que una diligencia, no es tan fácil probar que nuestra pintura es superior a la del Renacimiento. Reducida a sus términos más sencillos, la creencia en el Progreso General consiste en suponer que un señor que viaja en colectivo es espiritualmente mejor que un griego que se desplaza en trirreme, lo que es bastante dudoso.
Lo mismo que pasa en el dominio de lo moral acontece en el dominio de las artes: nuestra geometría es indudablemente superior a la de los topógrafo egipcios, pero nuestra cultura no es mejor que la de ellos.
Sin embargo, para buena parte de la filosofía contemporánea, los valores éticos y estéticos son tan objetivos como los valores lógicos. En consecuencia, rechaza cualquier forma de relativismo sobre el arte o la moral, como parece que estamos fundamentando aquí.
Pero si los valores estéticos fueran objetivos podría encontrarse un progreso en el arte, en la medida en que las vivencias estéticas del hombre se acercasen más y más a esas normas absolutas. La existencia de un canon objetivo, y por lo tanto absoluto, permitiría juzgar en cada caso la jerarquía de una obra de arte, de la misma manera que podemos demostrar la superioridad de la teoría einsteiniana sobre la newtoniana.
No hay que confundir el mero cambio con el progreso. La aparición de la perspectiva geométrica en la pintura del Renacimiento, fenómeno vinculado a la aparición de la técnica en Occidente, ¿es un progreso o no? Es imposible dar una repuesta a esta cuestión si no se está en posesión previa de una norma estética absoluta. Si por un momento suponemos, como suponía la doctrina de la imitación, que el arte debe imitar a la naturaleza, en ese caso es evidente que hay un progreso. Pero esta conclusión se derrumba automáticamente si se rechaza esa doctrina estética, como en efecto ha sido rechazada. Si se afirma que el verdadero arte debe huir de la simple naturaleza, si se sostiene que el arte es simbólico o mágico o superrealista, el célebre progreso de la perspectiva puede ser mirado como una lamentable equivocación.
Tales razones me inclinan a aceptar una validez relativa del arte, para una época, un lugar, una cultura: una absolutidad relativa. Quiero decir: dada una cultura, no cualquier cosa tiene valor estético. Y dentro de esa limitada zona espacio-temporal puede y tal vez debe hablarse de progreso, es lícito enseñar el arte y tiene un sentido la existencia de maestros.
Así, los egipcios esculpían sus grandes estatuas hieráticas no porque fuesen incapaces de realismo, sino porque su metafísica, su ethos, su sentido de la eternidad, les hacía desdeñar la realidad cotidiana. La prueba de que es así está en el realismo con que pintaban o esculpían a los peones o esclavos, a los seres jerárquicamente inferiores. Al pasarse a la civilización ateniense de Perícles, mundana y escéptica, hay un acercamiento a la naturaleza, una revalorización del mundo profano que correlativamente produce una escultura realista. Esto no es progreso: es sencillamente un desplazamiento del centro de gravedad en lo que al mundo cultural se refiere.
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