Cuando Guizot, por ejemplo,
contrapone la civilización europea a las demás, haciendo notar que en
ellas no ha triunfado nunca en forma absoluta ningún principio, ninguna
idea, ningún grupo o clase, y que a esto se debe su crecimiento
permanente y su carácter progresivo, no podemos menos de poner el oído
atento.
Este hombre sabe lo que dice.
La expresión es insuficiente porque es negativa, pero sus palabras nos
llegan cargadas de visiones inmediatas.
Como del buzo emergente trascienden olores abisales, vemos que este
hombre llega efectivamente del profundo pasado de Europa donde ha sabido
sumergirse.
Pero Guizot ha tenido siempre mala prensa, como, en
general, los doctrinarios.
A mí no me sorprende.
Cuando veo que hacia un hombre o grupo se dirige fácil e insistente el
aplauso, surge en mí la vehemente sospecha de que en ese hombre o en ese
grupo, tal vez junto a dotes excelentes, hay algo sobremanera impuro.
Acaso es esto un error que padezco, pero debo decir que no lo he
buscado, sino que lo ha ido dentro de mí decantando la experiencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
ingrese su opinión aquí