¿Qué virtud encierra creer en lo evidente? Cualquier papanatas es capaz de suscribir que existen las licuadoras y los adoquines. En cambio se necesita cierta estatura para atreverse a creer en lo que no es demostrable y -más aun – en aquello parece oponerse a nuestro juicio. Para lograrlo hay que aprender – como quería Descartes – a desconfiar del propio razonamiento. Por supuesto, en nuestro tiempo cualquier imbécil tiene una confianza en sus opiniones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado.
La incredulidad es -según parece- la sabiduría que se permiten los hombres vulgares.
Nosotros resolvimos apostar una vez más por las ilusiones. Por eso hicimos nuestras cartitas, pusimos nuestros enormes y pringosos zapatos en las ventanas, en los patios y aun en los jardines. Y el seis de enero recogimos nuestros sencillos regalos y se los mostramos a los vecinos. -Mire lo que nos trajeron los Reyes. Algunos Refutadores de Leyendas nos miraban con envidia, silenciosamente.
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