El hombre, en su forma
extrema de cientista y filósofo, persigue las ideas puras y abstractas, esos
misteriosos entes que no pertenecen al mundo vivo, al confuso mundo de las
vidas y las muertes, de los dolores y las emociones, sino al frígido universo
de los objetos eternos.
Ha habido mujeres descollantes en letras y artes, pero ni
una sola en filosofía. Este notable fenómeno, a través de distintos tipos de
civilización, bastaría para apuntalar esta tesis. Pero hay testimonios valiosos
que prueban no la incapacidad de la mujer para la abstracción sino su indiferencia
y hasta su repugnancia.
Gina Lombroso: “La frecuentación que he tenido con mujeres
dedicadas al estudio, las observaciones recogidas en diversos países, al mismo
tiempo que una sincera introspección, me han convencido de que, por el
contrario, existen entre la inteligencia masculina y femenina diferencias no
cuantitativas sino cualitativas y de dirección que se relacionan, no tanto con
circunstancias de tradición, de hábito, como con la específica función a que la
mujer está destinada: la maternidad... A la mujer, que demuestra un interés tan
vivo hacia todo lo que la rodea, hacia todo lo que puede ver, sentir y tocar,
le tiene sin cuidado la averiguación de las grandes leyes que rigen eso mismo
que hiere sus sentidos y su espíritu. Su avidez de conocimiento se dirige a las
cosas mismas y no a las remotas causas a que obedecen; no le interesa contar
las pulsaciones de un corazón que sufre, sino el saber por qué sufre... La
mujer considera el universo con ojos y con alma de madre. Las plantas, los animales,
los hombres, no son para ella problemas cognoscitivos sino seres capaces de
sufrir y gozar, seres hacia los que se siente ligada no por el conocimiento
sino por el amor. La ciencia por la ciencia, el arte por el arte, la fe por la
fe, todo lo que está situado al margen de lo concreto y de lo útil, carece de
sentido para la mujer... Se ha sostenido que esta diferencia de orientación
intelectual provenía de su falta de contacto con la cultura, por haber estado
durante siglos relegada a las funciones domésticas. Sin embargo, la pasión nada
tiene que ver con la cultura, ni con los hábitos, ni con las aptitudes...
Contrariamente, la pasión por la ciencia o por las teorías abstractas existe
hasta en los hombres sin cultura, en muchos obreros y campesinos que sienten
ese anhelo tan viva y desinteresadamente como los hombres cultos. En sus horas
libres, los artesanos y labriegos medievales se complacían en discutir sobre
arte y religión. Todavía hoy vemos en muchas aldeas a campesinos que prefieren,
a una ganancia mayor, el placer de ejecutar de vez en cuando un instrumento o
divagar sobre las cosas del mundo. ¡Qué cantidad de astrólogos y meteorólogos
se encuentran entre los aldeanos! No es raro encontrar en minúsculos pueblitos
a un humilde relojero, por ejemplo, que a fuerza de sacrificios pudo adquirir
un pequeño telescopio y que, convertido en orgullo del lugar, está
constantemente rodeado de muchachos que desean contemplar el firmamento”.
Sonia Kowaleska, la notable matemática, anota en su libro de
Recuerdos: “El trabajo y la creación
científica no tienen ningún valor, puesto que ni otorgan la felicidad ni hacen
mejorar a la humanidad. Es una locura emplear la juventud en esos estudios; es
una desventura, sobre todo para la mujer, el poseer facultades que la impulsen
hacia una esfera de actividad en que no obtiene ninguna alegría”. Su amigo el
matemático Mittag-Loeffler cuenta cómo la acometió una furiosa manía de bordar
precisamente en el momento en que debía optar al premio Bourdin. Enamorada del
matemático Weierstrass, Sonia fue impulsada al trabajo científico por el amor,
cosa muy natural en una mujer, y no por amor a la ciencia misma, cosa muy de
hombre. Desde Rusia escribe a Madame Loeffler: “En Estocolmo, donde paso por
ser la defensora de la emancipación femenina, terminé por creer que
verdaderamente mi deber era dedicarme a las matemáticas, y así lo hago. Pero
aquí soy conocida como la mamá de Foufí”. Madame Loeffler confirma: “La procura
de las verdades abstractas, ni le interesaba ni la satisfacía. En cuanto una
nueva idea de este tipo nacía en ella, había que animarla para que la
desarrollase. La producción de su cerebro no debía ir a parar a una humanidad
abstracta sino servir de homenaje a alguien de quien ella pudiera recibir un
don equivalente”.
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