Enemigos de la filosofía

Hablar mal de la filosofía es, inevitablemente, hacer también filosofía. Pero mala.
¿En qué lugares se reclutan estos maledicentes? En primer término, en los laboratorios. Los hombres de ciencia positiva son a menudo seres del siglo XIX que viven en el siglo XX. Afirman atenerse a los hechos —esos famosos hechos— y sólo a ellos. Si les preguntamos cuáles son, nos señalarán un metro, una balanza, una columna de cifras, un termómetro, una pesa, algunos minerales, un hornito, ciertas placas espectrográficas. Nos dictaminarán que tomar un metro y medir una longitud son hechos, mientras que especular acerca de lo que es y lo que no es la medida es filosofía, es decir, puro charlatanismo. Ahora se han vuelto más cautelosos, porque han oído decir que su célebre Metro del Archivo —esa especie de Nicolás Lenín de los cientificistas, bajo campana— ha resultado un delincuente. Sin embargo, a pesar de todos los chascos epistemológicos que les ha deparado, es más fácil que un hombre de ciencia se ría de un tratado de filosofía que de un metro. Al menos, muchas veces los he encontrado jaraneando ante un tratado de filosofía y jamás he encontrado a ninguno de ellos riéndose ante un metro, aunque fuese un metro sin campana de vidrio. Por cierto que cuando le preguntaba el motivo de su algazara, el hombre iniciaba una tartamudeante explicación de índole metafísica.
La segunda legión se la encuentra en las calles, en los cafés, en las sobremesas, en los escritorios de negociantes y hombres prácticos (“No me venga usted con filosofías”). En otras palabras, entre los hombres realistas, o sea esos señores que temen al número 13, que tocan madera cuando mencionan la salud, que se ríen en 1491, cuando alguien viene con el proyecto de descubrir América, que sucesivamente han rechazado los antípodas, el paraguas, la ametralladora, la radiactividad, la teoría de Einstein, los microbios, las ondas hertzianas. Más brevemente: entre esos realistas que se peculiarizan por rechazar futuras realidades. Esa gente se ríe de la filosofía, la consideran sinónimo de charlatanismo, la combaten, la juzgan perniciosa para las buenas costumbres y la estabilidad. Y todo ello en frases fundadas en vertiginosos e inconscientes postulados metafísicos. Porque, como dijo Goblot: “Le philosophe est le moins métaphysicien des hommes; le savant l’est un peu plus que lui; le vulgaire l’est éperdument”.

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